En un debate público contemporáneo, la verdad rara vez pierde por falta de pruebas; pierde por asfixia.
A menudo asumimos que una discusión intelectual es un intercambio simétrico: alguien plantea una tesis, el interlocutor expone una antítesis y, mediante el escrutinio de la evidencia, la audiencia se acerca a una conclusión razonable. Sin embargo, en el ecosistema digital y en los atriles mediáticos, esa premisa está rota. Lo que enfrentamos no es un desacuerdo de ideas, sino una estrategia de guerra de desgaste comunicativa.
















