La denuncia anónima en Roma

He tratado el tema de la denuncia anónima en al menos dos notas (“La denuncia anónima” y “Ninguna denuncia es juego de niños”).  Resulta interesante examinar un caso en que un emperador romano brinda instrucciones específicas respecto de denuncias anónimas.

El caso ocurrió mientras estaba en el poder el emperador Trajano, quien gobernó entre los años 98 a 117. Ocurre que Trajano había nombrado a Plinio el Joven como legado imperial en Bitinia, en Asia. Este Plinio era sobrino del homónimo autor romano que describió la erupción del Vesubio cuando fue destruida Pompeya. Uno de los principales problemas que debía afrontar el legado era, probablemente, remediar irregularidades en la administración pública, sin embargo, se tropezó con otro problema bien conocido por los romanos: los cristianos.  Aunque para las personas cultas como Plinio el cristianismo no era más que una superstición, no dudó en ejecutar a las personas que, habiendo reconocido ser cristianos, se negaban a hacer sacrificios a los dioses o a dar culto al emperador. No es que los romanos fueran particularmente “piadosos” como entendemos hoy en día, sino que lisa y llanamente no entendían porqué a alguien no se le ocurría comportarse como todo el mundo, haciendo los sacrificios de costumbre y demás, requeridos por los usos civilizados del imperio. El punto es que Plinio recibió denuncias anónimas. Pidió entonces instrucciones al emperador, puesto que encontró que muchas personas resultaban involucradas, y que ya había comenzado a actuar, haciendo cosas como no procesar a las personas acusadas, siempre que estas dieran culto al emperador, a los dioses y maldijeran a Cristo, pues Plinio sabía que un cristiano verdadero se haría matar antes que adorar al emperador o a dioses paganos, como de hecho verificó Plinio tras ordenar la ejecución de varios cristianos, aunque a los ciudadanos romanos los remitió a Roma, situaciones estas de las cuales igualmente da cuenta juiciosa a Trajano.

La consulta consta en la carta 96 del volumen 10 de las Epístolas (Epistulae) de Plinio; la respuesta, reposa en la carta 97 del mismo volumen. Es en esta última donde consta una posición oficial imperial respecto de las denuncias anónimas; en español la traducción completa de la respuesta imperial es esta:

“(1) Has seguido, querido Segundo, la conducta que debías al juzgar las causas de los que te fueron denunciados como cristianos. No puede establecerse algo con valor general con una reglamentación delimitada. No se les debe buscar. Si son denunciados y se les prueba, se les debe castigar, pero de manera que quien negara que es cristiano y lo demostrara con hechos, como es dando culto a nuestros dioses, obtenga perdón por su arrepentimiento, por más que se sospeche de su pasado. (2) En cambio en ningún delito han de admitirse las denuncias anónimas ya que son un pésimo precedente e impropias de nuestro tiempo.” (CHURRUCA, Juan. Cristianismo y Mundo Romano, Marcial Pons, Madrid, 2009, página 137)

El texto original (en latín) es este:

[1] Actum quem debuisti, mi Secunde, in excutiendis causis eorum, qui Christiani ad te delati fuerant, secutus es. Neque enim in universum aliquid, quod quasi certam formam habeat, constitui potest. [2] Conquirendi non sunt; si deferantur et arguantur, puniendi sunt, ita tamen ut, qui negaverit se Christianum esse idque re ipsa manifestum fecerit, id est supplicando dis nostris, quamvis suspectus in praeteritum, veniam ex paenitentia impetret. Sine auctore vero propositi libelli <in> nullo crimine locum habere debent. Nam et pessimi exempli nec nostri saeculi est.” (Pliny the Younger. Letters (Latin). Medford, MA: Perseus Digital Library)

Sabemos que con posterioridad a Trajano, y al menos por un tiempo, en el Imperio se tuvo mucho cuidado con las denuncias anónimas y delaciones frente a los cristianos, a quienes se les solía acusar de cosas como antropofagia (por la eucaristía, en la que hasta hoy se proclama la cena con el cuerpo y sangre de Cristo). En la época posterior de Adriano, en concreto, sabemos que este emperador dio órdenes específicas de atender con mucho cuidado el debido proceso en los casos de delaciones, como atestigua Eusebio en su Historia Eclesiástica (Libro IV, Capítulo 9); según este autor, las acusaciones contra los cristianos debían sostenerse ante la corte, so pena de castigo del delator. No era que Adriano fuera un emperador procristiano, sino sencillamente un emperador “civilizado” como Trajano, no se olvide que no dudó en expulsar a los judíos de Palestina, cansado de su historial de rebeliones, quienes no volvieron a existir como nación hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando se fundó el moderno Israel.

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