Los ídolos del socialismo y la promoción de la violencia (caso Sudáfrica)

Los ídolos del socialismo y la promoción de la violencia (caso Sudáfrica)

Durante décadas, la liturgia de la izquierda internacional ha sostenido un panteón de figuras cuya condición de héroes se asume indiscutible. El empleo deliberado del término «liturgia» —habitual en el análisis de las religiones políticas— no es un lapsus retórico: describe con precisión la mecánica cuasirreligiosa con la que ciertas doctrinas transforman la memoria histórica en un culto de reverencia colectiva, dotado de dogmas inmutables, ceremonias de adhesión incondicional y santos laicos situados por encima de cualquier escrutinio ético o penal. Vamos al caso de Sudáfrica.

En esa galería moral, la lucha contra el apartheid sudafricano ocupa un sitial casi sagrado. Sin embargo, bajo el relato unívoco de redención y justicia social subyace una faceta deliberadamente postergada: la indulgencia doctrinaria frente a la violencia sistemática, el autoritarismo interno y la degradación moral ejercida en nombre de la «liberación de los pueblos». La figura de Winnie Madikizela-Mandela representa, con crudeza incomparable, esa colisión irreconciliable entre el mito ideológico y el registro documental de los hechos.

La legitimación doctrinaria del terror revolucionario

En el marco del enfrentamiento contra el régimen de segregación racial, el Congreso Nacional Africano (ANC) operó en estrecha alianza orgánica con el Partido Comunista Sudafricano (SACP) y bajo el influjo teórico de la lucha armada anticolonial. En este sustrato ideológico, el adversario no solo era una estructura jurídica ignominiosa, sino que toda disidencia interna —o cualquier atisbo de moderación comunitaria— pasaba a ser catalogada como traición contrarrevolucionaria susceptible de aniquilamiento.

Fue en esa atmósfera donde floreció la oratoria más desinhibida de Winnie Mandela. En abril de 1986, en Munsieville, pronunció una de las consignas más reveladoras de la época:

«Con nuestras cajas de fósforos y nuestros collares liberaremos este país.»

El eufemismo del «collar» (necklacing) designaba una de las prácticas más aberrantes de terrorismo callejero del siglo XX: atar los brazos de un presunto delator o disidente, encajarle un neumático empapado de gasolina en el cuello y prenderle fuego ante la multitud congregada. Lejos de constituir un exabrupto espontáneo, el castigo sumario formaba parte del control coercitivo sobre los propios townships, donde la disciplina de masas se garantizaba a través del pánico ejemplarizante.

El «Football Club»: impunidad en el feudo de Soweto

Hacia fines de los años ochenta, Madikizela-Mandela consolidó en Soweto una milicia pretoriana bautizada como el Mandela United Football Club (MUFC). Bajo el pretexto de una organización deportiva y de seguridad comunitaria, el grupo funcionó como un escuadrón parapolicial de vigilancia, secuestro y represalia.

El expediente más elocuente de este periodo fue el secuestro y tortura, en diciembre de 1988, de cuatro jóvenes sustraídos de una rectoría metodista, entre ellos James «Stompie» Seipei, de apenas 14 años. Acusado sin fundamento de colaborar con la policía, Seipei fue sometido a golpizas en la residencia de Winnie y degollado días después en un descampado. En 1991, la justicia sentenció a Winnie por secuestro y complicidad en las agresiones; una condena que en apelación fue atenuada a una sanción pecuniaria y pena condicional, evidenciando la reticencia del poder judicial a encarcelar a un ícono de masas en vísperas de la transición democrática.

Años más tarde, el informe de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (TRC), presidida por el arzobispo Desmond Tutu, fue categórico. Lejos de considerarla una víctima pasiva de la maquinaria estatal, determinó que Winnie Madikizela-Mandela fue:

i. Responsable política y moral de violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas por los integrantes del MUFC.

ii. Partícipe o encubridora directa de torturas, golpizas e interrogatorios violentos realizados en su propio domicilio.

iii. Vinculada a desapariciones y homicidios de activistas locales, así como al asesinato en la impunidad del médico local Abu Baker Asvat, quien había examinado de urgencia a Seipei antes de su muerte.

A estos hallazgos se sumarían, ya en el nuevo milenio, condenas por decenas de cargos de fraude bancario y robo en 2003, terminando de demoler la estampa de pureza cívica que la propaganda exterior le atribuía.

La seducción del maximalismo y el fracaso de la autocrítica

¿Por qué amplios sectores de la izquierda radical y del populismo contemporáneo mantuvieron su devoción incondicional hacia «Mama Winnie», incluso frente a las evidencias acumuladas por la propia TRC?

La respuesta reside en la lógica interna del mesianismo político. Cuando Nelson Mandela optó por la transición pactada, la estabilidad institucional y la renuncia a la confiscación violenta generalizada, el ala dogmática del movimiento sintió que se traicionaba la utopía colectivista. Winnie, por el contrario, nunca abandonó el lenguaje de la confrontación abierta, la retórica de la revancha y el desprecio por las garantías formales de la democracia representativa. Para los cultores del conflicto perpetuo, su desdén por la legalidad no era un prontuario delictivo, sino el testimonio de una voluntad indómita que se negaba a claudicar ante el orden burgués.

El caso de Sudáfrica evidencia un patrón recurrente en la historia política del siglo XX: la disposición del dogma revolucionario a condonar la barbarie propia si esta se comete bajo la bandera de causas justas. Condenar el apartheid es un imperativo moral elemental; blanquear el terrorismo de baja intensidad, la tortura doméstica y la eliminación violenta de disidentes internos por conveniencia de cartel ideológico es, en cambio, la capitulación absoluta de la ética. Mirar de frente la trayectoria de figuras como Winnie Mandela exige desmantelar la hagiografía propagandística para recordar que ningún ideal de justicia redime la justificación del crimen.

La herencia del rencor: la Sudáfrica contemporánea y el paradigma del odio

Aquella semilla de justificación de la violencia y revanchismo racial que Winnie Mandela encarnó en las calles de Soweto no desapareció con la transición democrática; por el contrario, ha germinado como el combustible predilecto de la crisis institucional contemporánea de Sudáfrica. Tres décadas después del fin del apartheid, el mito de la «Nación del Arcoíris» se ha desmoronado bajo el peso de un Estado capturado por la cleptocracia del ANC, el colapso de los servicios públicos esenciales y un desempleo juvenil estructural que condena a millones a la miseria.

Ante el fracaso del colectivismo estatal para generar riqueza, la clase dirigente y las facciones radicales han optado por gobernar apelando al más elemental de los recursos populistas: la gestión del odio como política pública. Organizaciones como los Economic Freedom Fighters (EFF) de Julius Malema —herederos directos de la retórica y la estética intransigente de Winnie— llenan estadios entonando himnos de incitación explícita como «Dubul’ ibhunu» (Dispara al bóer / Mata al granjero), normalizando la violencia racial como un acto de justicia histórica pendiente.

El resultado de sustituir el imperio de la ley por la pedagogía del agravio permanente es hoy palpable:

i. Inseguridad endémica y asedio rural: Sudáfrica ostenta una de las tasas de homicidios más altas del planeta, donde el ataque a granjas (farm attacks) se perpetra con niveles de sadismo y sevicia que recuerdan los peores métodos del Mandela United Football Club.

ii. Xenofobia institucionalizada: El odio inculcado hacia el «otro» no se detiene en las fronteras raciales; se ha proyectado violentamente hacia los propios africanos más vulnerables, desatando olas periódicas de pogromos y linchamientos públicos contra inmigrantes de Zimbabue, Mozambique o Nigeria en las calles de los townships.

iii. Extorsión económica y despojo: La instrumentalización de la culpa histórica se traduce en proyectos legislativos para la expropiación de tierras sin compensación y en redes criminales que, bajo el membrete de «foros de transformación económica», extorsionan obras civiles e industrias a punta de fusil.

Lejos de construir una sociedad abierta, el paradigma del resentimiento ha transformado a Sudáfrica en un territorio fragmentado, donde las élites políticas desvían la atención de su propia corrupción atizando el fuego del antagonismo étnico. La justificación moral del crimen que Winnie Mandela inauguró con sus discursos sobre fósforos y neumáticos se ha consolidado hoy como un modelo operativo de dominación: la sustitución del derecho por la venganza, donde el odio no es un subproducto del descontento, sino el mecanismo fundamental de supervivencia del régimen.

Un ejemplo del ambiente propiciado por todo lo anterior, es que en público se entonen canciones sobre matar granjeros blancos («Kill the boer, kill the farmer»), posibilidad avalada por la rama judicial del país.

Originado como un himno de lucha contra la opresión del apartheid, el cántico «Dubul’ ibhunu» («Kill the Boer» / «Mata al bóer») ha dejado de ser una reliquia histórica para convertirse en una de las herramientas más inflamatorias de la política sudafricana actual. Rescatada en mítines multitudinarios por líderes radicales como Julius Malema ante decenas de miles de seguidores, la pieza trasciende el pretexto del folclore revolucionario: en un país azotado por la polarización y la violencia armada en zonas rurales, entonar públicamente la muerte del granjero blanco mientras se imitan disparos de fusil no funciona como una metáfora abstracta de resistencia, sino como una incitación deliberada que legitima el antagonismo étnico y reactiva la pedagogía del odio como instrumento de movilización política.


Lectura complementaria: